Así nos veían

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Historia de perdedores

Suele hablarse con demasiada ligereza del papel positivo de la prensa en la España de la pretransición. Y olvidarse de algunos de los episodios más vergonzosos de la historia de la libertad de expresión, perpetrados con el silencio cómplice cuando no el aplauso entusiasta de algunas plumas que todavía hoy nos intentan dar cotidianamente lecciones de democracia. También es un denominador común considerar la llamada “Ley Fraga” de 1966 como un espita por la que se colaron no sólo la libertad de prensa sino también el resto de las libertades. Se olvida que esa ley sirvió para dar cobertura jurídica (¿) al definitivo cierre del diario Madrid, previo a su voladura física, sin lugar a dudas un hecho que todavía hoy, treinta años después, produce sonrojo, indignación y un insoportable sentimiento de impotencia. ¿Qué era el diario Madrid para merecer tamaña inquina entre los voceros periodísticos de la dictadura y sus ejecutores políticos?. Simplemente una ventana abierta a una libertad entendida no como un hecho aislado sino como expresión de una sociedad emergente que ansiaba vivir como ciudadanos europeos y no como súbditos de un régimen caduco y sin salida. La historia de los últimos años del Madrid es la de una prensa, desdichadamente muy minoritaria, que no gritaba ¡vivan las cadenas! Y creía que el periodismo estaba para contar, aunque fuese con sordina, lo que pasaba más allá de las imágenes del No-Do, perfecta expresión de lo que el franquismo entendía por información. La desaparición del Madrid, perpetrada con premeditación y alevosía, dejó un hueco en la prensa española que ya nadie podrá cubrir. Conviene recordar que su muerte no fue accidental. Quizás también que la Historia, con mayúsculas, la escriben los perdedores. En este caso quienes hacían el Madrid y sus lectores.